Es difícil de explicar para un librero cómo a veces, perdiendo el tiempo navegando en internet buscando novedades interesantes y libros perdidos, encuentra novelas que se atreve a pedir, a sabiendas de que acabarán en la correspondiente balda (literatura extranjera, W) solamente por leer una encendida recomendación de dicho libro (del cual no sabíamos nada de nada, ni del autor). Se podría decir que la realidad se pliega de manera extraña, la literatura llama a la literatura, las palabras se convierten en cantos mediterráneos de sirenas desconocidas. Y como guinda yo estoy escribiendo una reseña de dicho libro para que alguien, a su vez, tal vez lo lea… Un día, como digo, leí esto que sigue (y que reproduzco literalmente) y pedí un libro que, sí, después de leerlo con gran deleite, está cogiendo polvo en la estantería de mi librería, al lado de Stephan Zweig, Jeannette Winterson y Boris Vian, entre otros. Pobrecitos ellos…
“Debo a la cada vez más inusual conjunción de encontrar a una persona que tiene estupendas lecturas y, además, es dueño de una librería, el descubrimiento de Edward Lewis Wallant. Me refiero a Sergio Parra y su librería en Santiago de Chile Metales Pesados. Cuando encontré su local, ubicado en medio de una calle sobregirada de cafés y frente a una boca de metro, casi no ingreso. Es que me encontré con Parrita, vestido con lo que podría considerarse su uniforme (saco y pantalón negro, camisa blanca, cigarrillo en la mano) gritándole desde la puerta del local a un cliente, que lo miraba incrédulo desde la acera, sin atreverse a bajar de su moto: “¡Pero si hace un año que te digo que leas el Omar Pahmuk y ud. Dale con que quería leer a la Yoshimoto, y ahora se me viene a quejar! ¡Yo le decía Pahmuk y ud. Repetía la Yoshimoto, la Yoshimoto! ¡Ahora no se queje!”. Al fin, cuando se dio por rendido el cabizbajo motorizado, entré en la librería dispuesto a llevarme lo primero que me recomendase Parra, así lo hubiera leído ya o lo odiase, solo para que no me griten. Pero felizmente me recomendó algo que no había leído, de lo que tenía poca noticia además, y que acabo de terminar con muchísimo placer, en estado de éxtasis en realidad: Los inquilinos de Moonbloom de Edward Lewis Wallant”. http://notasmoleskine.blogspot.com
Wallant era miembro de esa generación de escritores judíos norteamericanos notables, como son Saúl Bellow, Philip Roth y Bernard Malamud. A pesar de tener cierto éxito en vida, un aneurisma fulminante en 1962 lo mató antes de los 40 años. Ese mismo año, además, había decidido dejar su oficio para dedicarse de lleno a escribir (aquí cabe acotar la siniestra frase de “así es la vida ”). Los inquilinos de Moonbloom es una novela póstuma, escrita con gran sentido del humor y del absurdo, en la que un personaje fracasado, una caricatura de escritor genial frustrado por su ocio y su indolencia, debe acudir a las minucias de sus inquilinos (cada cual más esperpéntico) al tiempo que mantiene informado de sus gestiones a su hermano millonario, dueño de los inmuebles, un mecenas equívoco y casi demoníaco en su omnipresencia, que sostiene económicamente a su hermano mandándolo a cumplir obligaciones mínimas como cobrar la renta, pero que para alguien de sus desaprensivas características resultan auténticas odiseas, y tomar como referencia a la mitología no es gratuito, créanme, cuando a medida que leemos descubrimos la transformación de Moonbloom y su heroica y romántica empresa, uno irremediablemente piensa en la suya y eso, en literatura, es lo más hermoso que te puede pasar. La novela está publicada en España por Libros del Asteroide y está prologada por Rodrigo Fresán (por cierto, lean también cualquier cosa de este hombre, en serio, tal vez, junto con Roberto Bolaño, Fresán sea uno de los 5 ó 10 escritores en lengua castellana más fascinantes, pero, eso sí, no se olviden de Wallant, entre muchos otros, claro). Como dice uno de los Sanchos de este Quijote que tal vez sea el protagonista de esta novela: “Moonbloom, esta noche, cuando iba en el tren –dijo Sugarman tendido en la cama, con la cara como la de un santo entrado en carnes- creo que he terminado de entenderlo. Hay una Santísima Trinidad de la supervivencia que consta de Coraje, Sueños y Amor” y si esto lo dice un personaje que se gana la vida vendiendo chucherías vestido de payaso en el metro de Nueva Cork habrá que hacerle algo de caso. Nota para los bibliófilos: la edición está impresa en verde esmeralda, tiene un formato vintage, mismo paperback de los años 60, que le va perfecto al libro. (Juan Miguel)